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Una Mirada que te Diferencia

Este blog no suele contener impresiones personales, pero cumpliendo con la iniciativa Mírame, Diferénciate voy a contaros cual ha sido ese momento de intimidad, esa mirada, que ha conseguido emocionarme.

No era un paciente, no era un amigo, ni siquiera alguien conocido. Era una de esas personas que coinciden en un momento concreto, en un lugar exacto de tu vida y que sin embargo dejan su recuerdo, su mirada, grabada en tu memoria. Ni siquiera recuerdo ya su cara, probablemente él tampoco la mía, pero lo que no podré olvidar son aquellos ojos, aquel abismo.

Yo conocía de oídas parte de su historia, él acababa de saber que yo existía; nos saludamos y empezamos a charlar "o sea que estudias medicina" "sí, este año termino" "pues ya tendrás alguna especialidad pensada" "lo cierto es que no me acabo de decidir, pero todo llegará" "yo de médicos, lamentablemente sé mucho". Y así, apenas dos minutos después de habernos conocido, buscó mi mirada, la encontró y empezó a contarme su historia, la historia de su hijo.

Me habló de cómo su hijo de apenas 5 años empezó a ponerse enfermo, de cómo las fiebres y el cansancio continuado les llevaron al pediatra. Me contó sus visitas, sus analíticas, me habló de los conceptos técnicos. Me explicó el diagnóstico de Leucemia Monocítica Aguda (M5) "mieloperoxidasa negativo, negro sudán negativo, anomalía 11q23" y las complicaciones que empezaron a manifestarse. Me miraba a los ojos, yo asentía y por dentro empezaba a armar mi defensa. Me hablaba y yo sabía hacia dónde iba la conversación, llegaría antes o después, tenía que darme tiempo para encajarlo. Me detalló las visitas al hospital, las carreras a urgencias, el decaimiento. Me enseñó todas sus cartas, los ciclos de quimioterapia, la resistencia del cáncer. Me emocionó recordando sus sentimientos, el avance de la enfermedad y cómo al final llegó la remisión. Me mostró un ápice de alegría y luego volvió al abismo, me contó el final de su historia, de la historia de su hijo. Me habló de la recaída, de un transplante que no llegó a tiempo, de una quimioterapia que no pudo hacer más. Me consiguió trasladar a su casa, a la habitación donde se despidieron de aquel niño al que perdieron. Bajó la mirada.

Pensé que en un momento dado rompería a llorar, romperíamos a llorar. Pero entonces volvió a levantar la cabeza volví a mirarle a los ojos, y no había lágrimas, había una sonrisa "al menos estuvo en casa los últimos días, cuando ya sabíamos que no había nada que se pudiera hacer; estuvo en casa, con su hermana y con nosotros". Y cambió de tema, como si tal cosa, como si no hubiera estado a un paso de caer en ese abismo de su mirada.

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